Me cuesta tomar el lugar que me corresponde
A mí, como a la mayoría de nosotros, me cuesta tanto tomar el lugar que me corresponde.
Plantarme firme y decir «aquí estoy, merezco ser vista, merezco ocupar espacio».
Tengo una voz que desea ser oída, que tiene el poder y la fuerza para mover lo inamovible, para traer claridad a lo oscuro, para sacar a la superficie aquello que estaba tapado, enterrado, oculto, aquellas verdades que vistas, un momento antes del indicado, no hubiesen tenido sentido.
Me cuesta, nos cuesta, poner los dos pies en el escenario de la vida, no en la seguridad del costado, o detrás de bambalinas, sino al centro, bajo la luz, una luz que tememos porque asumimos que si somos vistos, así como somos, seremos criticados, abucheados, rechazados.
Entonces nos conformamos, nos quedamos quietitos, esperando ser elegidos, aguardando que algo cambie cuando nosotros mismos saboteamos cualquier intento de la vida de darnos aquello que desesperadamente buscamos.
Nos empequeñecemos de diversas formas, nos escapamos de nosotros mismos, con relaciones dañinas, con comportamientos nocivos, con sustancias.
Nos atamos con mil nudos a lo que no es para nosotros, nos volvemos ciegos y sordos, nos perdemos.
Y cuando tal vez, en algún improbable momento nos animamos a iniciar un cambio, a tomar un paso fuera de nuestra zona de confort, la inmensidad de lo desconocido, de la incertidumbre de lo nuevo, sumado a la falta de confianza en nuestras capacidades innatas, nos cierra bruscamente la puerta que habíamos logrado, a duras penas, entreabrir.
El camino de soltar y sanar es mucho más que dejar ir a una persona.
Es un sendero que nos conduce a nosotros mismos, a la versión más pura y autentica.
Es un viaje que nos fuerza a decir «basta» a todo aquello que nos retiene en un rincón, lejos del centro del escenario de nuestra propia vida.
Toma valentía dejar de ser actor secundario y convertirnos en protagonistas.
Toma dejar atrás la comodidad de las sombras del anonimato y hacerle frente a la brutal luz de la verdad de quienes somos, esa que deja todo al descubierto, volviéndonos a la vez, tremendamente vulnerables y profundamente humanos.
Tomemos el lugar que nos ha sido dado, el que se nos otorgó al nacer sólo por ser quienes somos, el que no requiere que seamos más un niño o niña «buena», si no el que nos obliga a erguirnos, con todo lo bueno y todo lo malo que llevamos dentro, como el hombre o la mujer, valederos e irrepetibles que somos.
Autor: Jo Garner